Fundación Impulso de una nueva vida La Conciencia se hace con experiencia y no escuchando a ningún iluminado. - Fundación Impulso de una nueva vida

La Conciencia se hace con experiencia y no escuchando a ningún iluminado.

La Conciencia se hace con experiencia y no escuchando a ningún iluminado.

La Conciencia se hace con experiencia y no escuchando a ningún iluminado.

Extracto Entrevista Diario UNO- Entre Ríos- Noviembre 2011. por: Julio Vallana

“Verdades develadas desde la consciencia” a quienes lo quisieron escuchar en el Círculo Médico de Paraná. Su atípica infancia, una experiencia reveladora en la cima de una sierra, la búsqueda interior, lo sobrenatural, la necesidad de transmitir un mensaje y lo que oculta el Uritorco fueron algunos de los temas sobre los cuales abundó en esta charla.

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Pequeño trabajador

—¿Dónde naciste?

—En Capital Federal, Villa Devoto.

—¿Hasta qué edad viviste allí?

—Hasta los 18 años.

—¿Cómo era tu barrio?

—Típico de clase media de aquella época y luego se convirtió en residencial. Era un pasaje por donde pasaban menos vehículos y cuando chicos podíamos jugar con más tranquilidad que en la esquina, que es una avenida.

—¿A qué jugaban?

—Pintábamos pistas para los autitos con pedazos de baldosas, a la pelota y la bolita.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Trabajaban juntos porque tenían una fábrica de alhajas y cadenas de plata. Fueron empleados de una fábrica –donde mi papá era técnico de las máquinas– luego se apartó y por su cuenta compró un par de máquinas y comenzó a fabricar. Creció y llegó a tener joyerías en Buenos Aires, y muchos corredores.

—¿Te relacionaste con esa actividad?

—Sí, solamente tengo estudios primarios. Antes de los 12 años ya trabajaba porque me gustaba. También fui peón de albañil y ahí observaba al electricista, al plomero y al carpintero, así que llegué a hacer de todo un poco.

—¿Cuál fue el primer trabajo formal?

—A los 14 años, porque mi papá me dijo a los 12 que si quería seguir estudiando lo podía hacer o trabajar. Nunca fui muy afecto al estudio así que pensé que si comenzaba a trabajar podía tener inmediatamente mi dinero y comencé a hacerlo con mi padre, luego de un año de dar vueltas sin hacer nada. Valoro mucho haber tenido esa libertad.

—¿No había ningún mandato?

—No.

—¿Hijo único?

—Tengo una hermana menor.

Ermitaño con problemas

 —¿Qué te atraía del trabajo?

—Hasta ahora no me gusta leer ni tengo la capacidad de guardar en la memoria lo que leo. En realidad no tengo la voluntad porque nunca me agradó. Tenía la facilidad de trabajar en casa y era como que agarraría las riendas del negocio, por ser hijo varón. Siempre fui un poco ermitaño y jamás salí a bailar. Valoraba mucho el silencio aunque en ese momento no me daba cuenta. En los cumpleaños me iba a mi pieza, me encerraba y mi mamá tenía que sacarme a los tirones.

—¿Le preocupaba a tus padres esa forma de ser?

—No. Cuando tenía que integrarme, me integraba. Nací con muchos problemas físicos de asma, alergias y el hígado muy sensible. No sabían lo que me provocaba la alergia y no podía comer prácticamente nada, por el hígado. Así que me tenían que dar inyecciones.

—¿Hasta qué edad?

—Hasta los 10 años.

—¿Lo sufriste traumáticamente?

—Sí, especialmente el asma. En el viaje de fin de curso a Mar del Plata –donde tuve un ataque muy grande– nos tuvimos que volver porque no había forma de calmarme, incluso haciéndome acupuntura –que para la época era muy avanzado. Solíamos viajar a Córdoba –a lo de mis abuelos– una vez al año y también ahí tenía un ataque severo por el cambio de aire.

—¿Puede haber influido todo esto en tu forma de ser?

—Sí. Cuando tuve ese ataque me acompañaban dos compañeros durante la noche pero yo quería estar solo, incluso me tapaba la cabeza y eso era contraproducente.

—¿No te recomendaron practicar algún deporte?

—No, pero por mi cuenta hice complementos de pesas en el Club Comunicaciones, en la época en que apareció El increíble Hulk. Tenía un cuerpo diminuto y lo más grande era mi cabeza.

—¿Lo disfrutabas?

—Sí, incluso sin saber que servía para el asma me dediqué a desarrollar la capacidad torácica. Y a los 15 años me desaparecieron todos los problemas. También me comía las uñas arrancándomelas de la carne. ¡Era un dolor tremendo!

—¿Habías sufrido algún trauma fuerte de niño?

—Había cosas… pero como venía de nacimiento, el problema estaba más allá de que me pudiera afectar. Cuando tenía 5 años dormía solito en una habitación en el piso de arriba y había que atravesar una terraza. Escuchaba que mis padres hablaban con los vecinos sobre los ladrones que andaban por los techos, así que no me iba a dormir con toda mi alegría.

—¿Leíste algo que te resultó importante en la infancia y la adolescencia?

—No, le escapaba. Cuando adulto, estando en Córdoba –donde nos fuimos a vivir cuando tenía 18 años– me marcó una lectura en lo espiritual.

—¿Sufriste el desarraigo al irte de Buenos Aires?

—No, porque mi naturaleza era buscar el aislamiento, así que disfruté mucho de ir a vivir a las sierras, en Valle Hermoso. A pasos tenía la montaña, donde me despegaba del mundo, aunque lo hacía sin ningún fin en particular más que tener silencio y tranquilidad. Nunca busqué nada. Ya estando en Córdoba me tocó ingresar a la Marina –en la época de la guerra de Malvinas– y nos destinaron a Punta Alta. Cuando volví mi padre quería que siguiera con el negocio y me puse a fabricar joyas y cadenas, aunque no servía para los negocios.

La montaña y “el despertar

—¿Nunca te planteaste si tenías alguna vocación propia?

—No tenía nada claro, ni una decisión de qué hacer con mi vida, aunque desde niño sentí que quería tener una familia con hijos. No pensaba en la vocación sino en estar solo, por ciertas experiencias conflictivas con otras personas. Nunca tuve novia y sólo buscaba aislarme Cuando tenía 21 años –estando solo en mi casa– tuve una especie de despertar espiritual, algo que no me importaba hasta entonces.

—¿Qué sentiste?—Que tenía que ir a la cima de una montaña y que sabía dónde. Me paré, marché unos pasos, vi una montaña y sabía que era esa.

—¿Percibiste alguna sensación física?

—No. Era como algo no cuestionable, aunque hoy lo analizo. Era como mi propio pensamiento, no sentí ninguna voz que se distinguiese fuera de mí. Al otro día estaba muy alegre, marché con bastante certeza y estando por llegar a la cima encontré una vaca con una pata calzada y quebrada entre las rocas. Le salían lágrimas de sangre y sentí el dolor, como si fuera un anuncio para mí. Llegué a la cima, miré hacia el valle y percibí mi pequeñez en ese paisaje y en el cosmos. Cuando estaba haciendo eso comencé a recibir información, como si fuera un recuerdo.

—¿Fue lo que se dice técnicamente una canalización?

—No, aunque sabía que detrás de mí había alguien, que no estaba a la vista. Mi atención estaba en la información que recibía.

—¿De qué índole?

—Espiritual, interna, planetaria, solar, con mucha certeza y clara.

—¿La entendías?

—No, aunque en algunos momentos intentaba quedarme con algo y analizarlo, y cuando lo iba a hacer se abrían más puertas para profundizar sobre lo que analizaba.

—¿Había imágenes?

—Sí, aunque estaba con los ojos abiertos. Hice dos o tres intentos de profundizar sobre algo, porque era como páginas que pasaban sin detenerse. En un momento sentí como que mi cabeza estaba hinchada y que me explotaría, dije “basta” y se cortó.

—¿Y la presencia que percibiste?

—Nunca la vi; es difícil de explicar. Era alguien de blanco con una especie de túnica. Lo viví muy naturalmente y no me asombró, porque lo que más me atraía era entender la información recibida y lograr respuestas.

—¿Te exigía un grado de concentración especial?

—En ese momento no lo pude entender al proceso pero hoy puedo decir que era como que acudía a mi memoria, a una experiencia ya vivida y que la recordaba, aunque no tenía nada que ver con lo mundano.

—¿Habías charlado o leído sobre alguno de esos contenidos?

—Sobre los contenidos no, aunque muy pocos días antes me había anotado para clases de Kung Fu –en La Falda– y lo primero que nos enseñó el profesor fue a meditar y comenzar a controlar la mente.

—¿Hubo otras experiencias luego de lo de la montaña?

—Comencé a tener experiencias en las cuales salía del cuerpo, aparecían seres, sentía ruidos, me trasladaba a otros lugares estando despierto; cosas muy raras…

—¿Te asustaban?

—No, salvo una vez, porque aparecí en un lugar con seres que hacían ruidos muy feos… macabros… llegó a paralizarme de tal manera que no podía pensar ni pedirle a Jesús que me ayudara.

—¿Por qué a Jesús?

—Porque lo sentía en mi corazón. No te conté pero cuando era chico siempre esperaba que llegara la Pascua o fin de año porque llegaba “el rey de reyes”. Cuando logré pensar en Jesús sentí una frase –que no la repetiré– y que me trajo mucha tranquilidad, una frase mágica y todo lo demás desapareció.

—¿Tenías formación o práctica religiosa?

—No; mis abuelos maternos iban a las procesiones pero yo era muy chico.

—¿No pensabas que sufrías algún tipo de neurosis o desequilibrio emocional?

—No, y hoy tampoco tengo muy en claro que significa eso. Ni lo pensaba. Eso pudieron haber pensado mis padres cuando volvieron. Tuve experiencias más fuertes todos los días y noches durante un mes hasta que volvieron. Aparecían muchos seres con la intención de volverme a la vida anterior y yo les decía que estaba decidido a andar por el sendero de la luz.

—¿Conversaste con alguien antes de que llegaran tus padres?

—Con el profesor de Kung Fu y luego comencé a encontrar otras personas, incluso una que recibía canalizaciones. Comencé a tener experiencias con maestros de otros planos –a veces en situaciones físicas o lugares desconocidos para mí, como una inundación que aconteció en Santa Fe. Todo esto coincidió con una gran ola de avistajes que hubo en Capilla del Monte.

Un mensaje en el Himalaya

—¿Entendiste que tenías que hacer algo particular?

—Hubo un tiempo que no, pero tuve una experiencia astral una vez que me acosté meditando y el Padre –en la cima del Himalaya– junto a otros dos seres me otorgaron objetos y me dijo algo al apoyarme su mano derecha sobre la espalda. Cuando miré hacia el valle observé como si toda la vida del mundo estuviera allí –sintiendo los ruidos– y era como que me decía que tenía que ir allí. Yo pensaba que sólo era un electricista. Analicé la situación, la sometí a duda y lo único seguro era que si tenía que ser como el Padre me dijo, lo único que lo impedía era mi defecto. Entendí que tenía que trabajar sobre mi defecto y egoísmo.

—¿Se lo comentaste a tus padres?

—No. El temor de mis padres era que me había tomado una secta y que me habían hecho un lavado de cerebro. Les dije que se quedaran tranquilos porque no seguía a nadie y que sabía lo que tenía que hacer. ¡Pobres, no debe haber sido muy tranquilizador! Habían dejado un hijo y encontraron otro.

—¿Qué implicaba el mensaje?

—Fui dejando muy cruelmente a la gente que estaba junto a mí y otros se apartaron. La vida me llevó a encontrarme con otras personas que habían sido movilizadas por los avistajes de ovnis. Sentí la necesidad de verlo a Jesús y una noche cuando estaba meditando aparecí en el desierto, ahí lo encontré, me dio mucha alegría y me transmitió a la mente algo muy similar a lo que me había dicho el Padre en cuanto a llevar un mensaje al mundo. No sentí orgullo por esta experiencia y estaba tranquilo, pero no podía creer que fuera así, aunque me dijo: “Sí”.

—Hablás de “Padre” y de Jesús, lo cual implica una definición religiosa puntual, porque para un taoísta o un budista –por ejemplo– no significan demasiado.

—No lo busqué aunque lo sentía en el corazón, como lo que te conté sobre cuando era chico.

—¿Por qué Jesús y no –por ejemplo— Krishna?

—Lo reconocí y lo vi así. Sabía que había maestros porque era parte de la información que había recibido en cuanto a la jerarquía espiritual que existe en el espacio, en el sistema solar y en cada planeta.

—¿No te resultaba contradictorio el mandato de “llevar un mensaje” siendo ermitaño?

—Sí, por eso entendí que había una necesidad de estar en silencio para encontrar lo puro que Dios ha puesto en el interior de cada uno, pero no para vivirlo en soledad sino para llevarlo a los demás. No tenía sentido la vida del monje que se encierra en la cueva en el trabajo interno, sin que el mundo se entere de lo que conquistó. Era algo para compartir –el amor como servicio– estando con las personas. Aprendí a ponerme en el lugar del otro.

—¿Qué información de la recibida te resultó la más reveladora o extraordinaria?

—Nada fue sorprendente; en realidad me sorprendía de la naturalidad con que lo vivía y asimilaba. El espíritu comenzó a transmitir lo que tenía que transmitir y le encontré el sentido al amor, al igual que la necesidad de ayudar a los demás a llevar su cruz.

—Resulta muy cristiano.

—Sí.

—¿Quién dijo que hay que sufrir y padecer?

—No es la Voluntad de Dios de que sea así. Sufrir y padecer porque el hombre busca siempre la salida material para estar mejor en el mundo y si busca estar mejor en el mundo se hace parte de él y ancla su vida allí, eso lo vuelve a traer tantas veces como decida anclarse en el mundo. Si las personas acuden a los libros que han escrito sobre Dios y a las personas que los conducen hacia ellos –y les crean dependencia– siguen atados al mundo. Dios nos manda con las herramientas y energías necesarias para salir adelante, hay que ver ese amor en el corazón. La vida es nuestro camino y no hay algo aparte; no hay que dejar nada de lo que hacemos, sino hacerlo con amor.

—¿Por qué hacerlo de esa forma si nunca en la historia de esta civilización fue así?

—Para cambiar la historia del hombre porque hasta ahora viene errando bastante, formando religiones mundanas y siguiendo a personas que supuestamente los guían espiritualmente pero tienen que leer discursos que políticamente conviene leer. Lo que cosechemos en el futuro dependerá de lo que sembremos en el presente y de la conciencia de lo que hicimos en el pasado, y corregir muchas cosas.

—¿No será una sobreexigencia para el hombre, cuando apenas es un poco más evolucionado que los animales?

—El hombre es mucho más porque es imagen y semejanza del creador, en espíritu. Tiene la posibilidad de crear.

—La unión para crear se da en todos los planos y especies, hasta en los minerales.

—Pero el hombre tiene la inteligencia para tomar la decisión de cómo maneja esa energía, que lo puede pensar egóicamente, o para el bien de todos. Tiene conciencia de cómo manejar sus formas y fuerzas. .

—¿Cómo te definís?

—No sé. Una persona que trata de llevar hacia adelante lo que siente en su corazón. Lo que me dijo el Padre lo dijo a un hijo inconsciente. Hoy tengo conciencia de lo que me dijo y por qué, y de lo que tengo que decir. Lo que me lleva a expresarlo es la necesidad de ver crecer el amor en la vida. No en la mía sino en la vida. Es la alegría del que recibe al encontrar a Dios en su corazón y de dar, que es muy superior a la satisfacción de recibir –que es la más fácil de sentir. Aprendí a controlar el ego, trabajar con las emociones y los sentidos físicos, que alimentan la mente y así nos maneja como quiere.

—¿De qué y cómo vivís?

—Hoy estoy siendo asistido por personas a quienes desde hace muchos años les hablo de estas cosas, porque decidí dedicarme de lleno a esto. Pero hasta hace unos años trabajaba con un grupo de personas en una empresa, en la cual era socio y me dedicaba a las maquinarias. Esa sociedad se disolvió. Tengo una casa donde vivo con mi familia.

—¿De qué tratan tus conferencias?

—Son charlas diferentes de cómo se dan otras charlas, ya que no hay una disertación magistral de mi parte sino que comienzo en silencio respondiendo a las preguntas de las personas y sobre sus dolencias y necesidades.

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